Es triste y vergonzoso
leer una carta surgida de una institución eclesial,
que en algunos momentos de la historia ha dado una contribución
valiosa y sabia para la humanidad, pero que muestra imprecisiones,
ignorancia y falta de claridad sobre las propuestas del
movimiento feminista.
En la carta,
la Iglesia revela su falta de humildad cuando se autoproclama
“experta en humanidad”, actitud que refleja
la creencia de que ella es la dueña de la verdad
y de que tiene la última palabra sobre estos asuntos,
“Porque el más pequeño entre todos ustedes,
ese es el más grande” (Lc. 9,48).
Lo que se percibe
es el deseo profundo de una Iglesia masculina que siente
el derecho de decidir y escoger lo que las mujeres quieren
o deben hacer de la vida, sobre todo cuando propone en la
carta un modelo de mujer que tiene como misión “sacrificio,
sufrimiento, pasividad y entrega a los otros”, modelo
éste que trajo consecuencias negativas para las mujeres
cristianas, como muestran los estudios e investigaciones
feministas, incluyendo las teologías feministas.
No podemos ignorar
que el texto bíblico del Génesis por ellos
utilizado es fruto de una redacción en la cual las
mujeres no participaron, por eso podemos decir que el texto
es fruto de una experiencia masculina. En la tradición
bíblica cristiana no existe una única interpretación,
existen interpretaciones sobre los textos bíblicos.
Por lo tanto, las interpretaciones utilizadas en la carta
sobre los valores atribuidos al sexo femenino, como la solidaridad,
la calidez, la sensibilidad son unilaterales, ya que tales
valores son propios de toda la humanidad. Lo que reivindica
el feminismo es que también los hombres contribuyen
al mundo con estos valores.
Si la actitud
de la Iglesia fuese la de “Escuchar los signos de
los tiempos”, como el principio evangélico
sugiere, ella acogería las contribuciones que el
feminismo ha traído tanto para las mujeres como para
los hombres; porque si una parte de la humanidad es negada,
excluida, maltratada, toda la humanidad estará siendo
afectada. Por eso lo que, en última instancia, las
mujeres buscan y la Iglesia no tiene voluntad de entender,
es la creación de nuevas relaciones entre los seres
humanos, donde nadie sea excluido/a, ni las diferencias
sean motivo de desigualdades. No se trata de “lucha
entre los sexos”, sino de que se haga justicia a las
mujeres; los hombres no son “enemigos que hay que
vencer”, sino que están invitados a recrear
juntos el mundo en que vivimos.
La Iglesia revela
su falta de interés al desconocer las contribuciones
que el feminismo ha traído para las religiones, porque
al mismo tiempo que el feminismo descubre las responsabilidades
de las religiones en la situación de subordinación
de las mujeres, también muestra las contribuciones
positivas que las religiones han traído para la vida
de las mujeres.
Una teología
que incorpore las experiencias de las mujeres, como están
proponiendo las teólogas feministas, no es muy bienvenida
por los hombres del Vaticano. Las mujeres de iglesia quieren
mucho más que continuar reproduciendo un discurso
que perpetúe y justifique religiosamente la subordinación
de las mujeres. Como ciudadanas de fe quieren contribuir
a la liberación de las mujeres y esto la carta no
lo tiene en cuenta.
Si la Iglesia
fuera más humilde, escucharía “Las voces
de los tiempos” de mujeres católicas que en
el mundo entero quieren ver reconocidos los derechos que
tienen como bautizadas y confirmadas dentro de la Iglesia.
Estos derechos ellas los conquistaron en el mundo entero
cuando, con su trabajo diario, mantienen vivas muchas de
las comunidades cristianas.
Si la Iglesia
tuviese interés en leer ““Los signos
de los tiempos”,” entendería que la diversidad
familiar existe a través de la historia humana y
bíblica, como cuando encontramos en los evangelios
un Jesús que rompe las tradiciones y escoge otro
modelo familiar, al señalar a los discípulos
como una nueva familia (Mc 3,31) o al escoger como familia
a Lázaro, Marta y María, un hermano soltero
viviendo con dos hermanas solteras. Al contrario de lo que
la Iglesia predica, la estructura familiar no es establecida
por la naturaleza, sino que refleja la cultura y la economía
en la cual está inserta. Entendería que la
relación esponsal entre Dios y la Iglesia no es el
único modelo de amor, ni la única forma válida
de amor. En la propia Biblia encontramos otros modelos de
amor de Dios: En el Cantar de los cantares, en la parábola
del buen pastor, en el amor de María Magdalena por
Jesús, en el amor de Jesús por su discípulo
amado, etc.
Si la Iglesia
tuviera interés y quisiera escuchar “El clamor
de los tiempos”, abriría su corazón
y abrazaría lo que los feminismos están anunciando:
“Un nuevo cielo, una nueva tierra, donde hombres y
mujeres de todas las razas, de todos los colores, de todas
las orientaciones sexuales, de todas las generaciones, tengan
igualdad de condiciones”. Y así se cumpliría
lo proclamado por María en el Magnificat: “Arruinó
a los soberbios con sus maquinaciones, sacó a los
poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildes...”
(Lc 1, 51-52).
Las mujeres aún
seguimos esperando una palabra de denuncia y solidaridad
de la Iglesia sobre los siglos de discriminación
y exclusión que sufrimos, tanto en la sociedad como
en la Iglesia.
Aún
seguimos esperando una voz de compromiso y denuncia de la
Iglesia de los altos índices de violencia sufrido
por las mujeres. Aún seguimos esperando una palabra
pública de solidaridad y contención para las
muchas religiosas que en el mundo entero sufrieron abuso
sexual por parte de Padres, como así informó
el National Catholic Report, el 16 de marzo de 2001. Aún
seguimos esperando una actitud de compromiso y justicia
con las mujeres, niñas, adolescentes que en el mundo
entero han sufrido abuso sexual por parte de Padres. Aún
seguimos esperando que lean Los signos de los tiempos!!!!