Los
activistas de la prevención del vih y el sida se
mostraron desolados: la prohibición del espacio no
sólo no detuvo la epidemia entre los hombres que
practican el sexo con hombres sino que además, al
clandestinizar esas prácticas, hacía mucho
más inaccesible el que los programas y mensajes preventivos
llegaran a quienes las llevaban a cabo. Los saunas, al menos,
permiten saber dónde se está practicando sexo,
y por tanto intervenir para promover e incrementar su seguridad.
Cariño, no se trata de dónde o con quién,
si no cómo se practica el sexo.
Viene
esta reflexión a cuenta de la enorme polémica
que se ha montado al raíz del anuncio hecho el pasado
mes de febrero de que un equipo de Nueva York había
“descubierto” la existencia de un súpervirus
multirresistente a los fármacos actuales y de muy
rápida progresión a sida. El caso, en resumen,
es el de un neoyorquino de 46 años que declara haber
mantenido en los últimos dos años centenares
de relaciones sexuales, las más de las veces anónimas,
y con frecuencia asociadas al uso de la droga “cristal
meth” o metaanfetamina, un potente narcótico
desinhibidor del comportamiento y excitante sexual. A este
señor se le diagnosticó el vih por primera
vez en diciembre de 2004, y a los dos meses ya tenía
sida, se afirma.
Estaríamos
ante una cepa muy virulenta y peligrosa, insistieron las
autoridades, lo que justificaría el lanzar una alarma
pública, y el rastreo de las parejas de esta persona
para hacerles a su vez la prueba del vih y el análisis
de sus cepas, para comprobar si es la misma.
Vamos
por partes. Nada demuestra que esta persona no tuviera ya
el vih antes de diciembre de 2004, lo que pondría
en cuestión lo rápido de la progresión.
Pero aunque así fuera, no es ninguna novedad: la
literatura científica hace tiempo que ha identificado
casos de progresores rápidos, personas en las que
el vih deteriora el sistema inmunitario con más celeridad
que en la media (de igual manera que al otro extremo existen
lentos progresores, que tardan más de la media).
Aunque está sujeto a debate, la mayoría de
los científicos creen que la progresión rápida
puede deberse a la combinación de varios factores,
entre los que predominaría el de las características
genético biológicas del huésped, esto
es, que habría personas más propensas que
otras.
David
Ho, el científico afirma que la novedad estriba en
que la rápida progresión se ha dado con una
cepa multirresistente, algo no visto anteriormente. Resulta
chocante que Ho patinara en este asunto con tanta facilidad,
ya que está documentado que Julio Montaner, de Vancouver,
expuso dos casos parecidos ya en la Conferencia de Retrovirus
de 2001, y posteriormente ha habido otros publicados. Ho
ha alegado ignorar esos antecedentes: demasiado para un
supuesto “genio” en el campo de la investigación
viral.
También
llama la atención que estos investigadores hayan
llegado a la conclusión de que el hombre de Nueva
York tenía sida a partir del solo hecho de que su
recuento de CD4 era inferior al límite de 200 células/ml,
esto es, sin que concurriera ninguna enfermedad oportunista.
Cierto es que es un marcador inmunitario por el que todas
las directrices internacionales aconsejan iniciar tratamiento,
pero quizá resulte apresurado decir que hay un sida
evidente. En los primeros meses de la infección no
es tan extraño detectar fuerte variaciones de los
recuentos de células CD4 en la sangre periférica,
como resultado de la interacción entre el vih y el
propio sistema inmunitario. No se puede descartar que el
individuo estuviera en una fase de inmunosupresión
y que su propio organismo pudiera haber superado a las pocas
semanas.
En cuanto
al propio agente, el equipo de Ho no ha aclarado en ningún
momento qué significado le da a términos como
“supervirus” o “supercepa”. Estas
expresiones un poco estentóreas en el habitualmente
parco mundo de la literatura médica evocan las idea
de que o bien el virus es más agresivo y deteriora
antes el sistema inmunitario que otros, lo cual ya hemos
dicho que es cuando menos cuestionable, o bien, se puede
transmitir con mucha más facilidad de una persona
a otra. Esto sí que sería digno de destacar
ya que habitualmente los virus resistentes tienden a ser
menos transmisibles (si es por esto por lo que se entiende
“menos agresivos”, palabras que se han repetido
hasta el aburrimiento en los medios de comunicación,
sin saber muy bien ellos mismo qué querían
decir): esto es, un virus multirresistente que se transmite
con más facilidad que otros. Pero en el momento de
redactar este artículo (23 de marzo ) el señor
Ho todavía no ha encontrado ningún otro individuo
con la misma cepa que nuestro amigo de 46 años, y
ello pese a estar empleando técnicas de rastreo e
interrogatorio dignas de la GESTAPO.(Ver nota inferior del
editor)
A las pocas semanas del anuncio hecho a bombo y platillo
de que “un hombre gay que tiene múltiples relaciones
sexuales con otros de los que ni siquiera sabe el nombre
en un contexto de uso de drogas” portaba un virus
desconocido y mortífero, vamos conociendo otros detalles
que hacen pensar que la precipitación política,
la vanidad científica, la homofobia mal disimulada
y el puro conservadurismo moral, han tenido más que
ver con todo este asunto que el método científico.
Primero,
Ho y su colega Marty Markowitz, ambos del Centro Aaron Diamond
de Nueva York, reconocen que no pueden descartar que la
población viral de nuestro hombre sea mixta, y albergue
más de una cepa del vih. Segundo, la cepa detectada
como multirresistente en realidad no lo es a tres familias
de antirretrovirales si no sólo a dos (nucleósidos
e inhibidores de la proteasa), por lo que el paciente está
siendo tratado exitosamente con efavirenz y enfuvirtida
(T-20). Y tercero, la cepa en cuestión es de tropismo
dual, es decir, tiene capacidad para utilizar indistintamente
como correceptores las quimicionas CCR5 y CXCR4, lo que
aunque no suene mucho a la mayoría tampoco es un
descubrimiento de última hora: hace unos años
ya que se han descrito las cuatro variedades de tropismo
viral (de CCR5, de CXCR4, dual y mixta), y se trabaja sobre
ellas como dianas terapéuticas para el desarrollo
de nuevos antirretrovirales.
La discusión
sobre las implicaciones para la salud pública de
este supuesto “hallazgo” corrió paralela
a su puesta en conocimiento general. Thomas Frieden, el
comisionado de salud de la ciudad de Nueva York, hizo un
llamamiento para que los hombres gay con prácticas
de riesgo se presentaran para hacerse pruebas de vih y de
multirresistencia, evocando la sombra de los “grupos
de riesgo”, una posición respaldad por el ya
archifamoso David Ho. Curiosamente, ese mismo día,
la única compañía en el mundo que puede
realizar las pruebas de multirresistencia, ViroLogic®,
emitía una nota de prensa en la que resaltaba las
virtudes de su test de detección de resistencias,
e incluía una cita, (qué casualidad), de Ho.
Lo que ni la compañía ni el científico
aclararon en ningún momento es que David Ho es miembro
remunerado del Consejo Asesor Científico de ViroLogic®,
y que su hermano Sydney es el responsable de relaciones
públicas de la misma empresa. Algunos rivales científicos
han resaltado esta conexión: ¿sólo
envidia o evidente conflicto de intereses?
Pero
volvamos al lugar de los hechos. Sin duda alguna, la metaanfetamina,
como la cocaína o el nitrato de amilo (“poppers”),
son drogas inmunosupresoras. Reiteradas investigaciones
han sugerido que su toma durante actos sexuales no protegidos
podría facilitar la transmisibilidad del vih. También
son drogas que desinhiben el comportamiento, y en este contexto
el uso del condón puede quedar relativizado o directamente
obviado. Sin duda alguna, estamos ante un serio problema
que la propia comunidad gay occidental debe afrontar con
franqueza e inteligencia. Pero de ahí a prácticamente
equiparar homosexualidad más uso de drogas a súper-infección
mortal del vih hay un trecho bien largo, que se está
cruzando con una actitud estigmatizadora y discriminatoria
que en nada va a facilitar repensar los esfuerzos preventivos.
Esos
días de febrero tuve que escuchar consternado como
una corresponsal de una gran cadena de televisión
española hablaba con desparpajo de la metaanfetamina
como “la droga de moda en la comunidad gay”
o leer como el redactor de un gran periódico nacional
escribía “que no todos los implicados quieren
colaborar voluntariamente con la investigación”.
¿Es que de verdad creían que estos hombres
no se iban a resistir a ser tomados como puros vectores
de una enfermedad en vez de seres humanos con derechos individuales
inalienables, con las consecuencias que esto puede tener
en sus vidas? ¿Cómo se podían invocar
impunemente y de golpe las imágenes más estereotipadas
y prejuzgadas sobre la homosexualidad?
En el
tratamiento mediático del anuncio del caso de Nueva
York ha habido desde luego, con la complicidad de los científicos
y los políticos interesados, una maniobra moralista
y simplista que renuncia a una perspectiva amplia de lo
que está sucediendo. De entrada, ¿no habíamos
quedado en que las prácticas de riesgo que están
hoy día en aumento son las heterosexuales sin protección,
y que el grupo que está siendo más afectado
es el de las mujeres? ¿A qué entonces esta
alarma sobre las relaciones homosexuales que recuerdan la
histeria homófoba de hace dos décadas